Llegaste a la cafetería. Buscaste una mesa. Te sentaste. Diste un sorbo al café, negro como tu alma. Encendiste un cigarrillo.

Suspiraste, aliviado de tener, por fin, un momento para concentrarte libremente en tus neurosis. 

Pero...

Se aproxima. Por más que te encojas en la silla, es inútil. Te ha visto, sonríe. Pretendes estar ocupado, esperando que pase de largo. No lo hace.

Ahora, se sienta a tu lado. Y trae ganas de platicar. No hay salida.

Te chingaste.
 
 


Venga

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